jueves, 5 de mayo de 2016

"Ese silencio", por Eugenia Jiménez Gallego

Silencio - Fuente: eSistémica
La orientadora educativa Eugenia Jiménez Gallego publicó en abril una columna en el Diario de Cádiz sobre lo que no se cuenta a los menores. Gracias de nuevo a Eugenia por aceptar que compartamos sus columnas en OrienTapas para charlar y, sobre todo, aprender con ellas. El debate sigue abierto en redes, tanto en espacios públicos (en Twitter o en Facebook) como en comunidades cerradas de OrienTapas (GrupOrienta en Google+ y Grupo de Consultas, dudas y experiencias en LinkedIn).

Últimamente me encuentro una y otra vez casos de niños/as a los que los adultos les silencian la información que más necesitan, la que atañe a su vida. Unos tienen padres o madres que desaparecieron de repente de casa, por problemas graves de pareja, y nadie les contó qué había pasado ni si iban a volver a estar con ellos. O bien les dicen que se murieron y los penan hasta que los descubren resucitados un buen día por la calle. Otros se enteran de repente de que su madre está hospitalizada cuando vuelven del colegio, aunque el ingreso estaba previsto, y no encuentran ninguna explicación sobre cuál es el problema ni qué pueden esperar. Muchas chiquillas me cuentan que cuando supieron que había muerto la abuela que las crió, ya había pasado el entierro. Incluso están los chicos a los que les ocultan que su padre está en la cárcel, aunque es casi seguro que esa noticia les alcanza por el barrio. No podemos ni imaginar el número de historias como ésta que pasan a nuestro lado cada día. 

A los mayores nos conviene pensar que los chiquillos tienen mentes distraídas, que después de un ratito de desconcierto pasarán a otra cosa, jugando con sus juguetes. Que se adaptarán pronto a las nuevas circunstancias. Que realmente no podemos hablar con nuestros niñitos de lo sucedido porque son demasiado pequeños, frágiles. No lo entenderían. Y nos autoconvencemos de esto sobre todo porque no vuelven a preguntarnos sobre el tema. Así que muchos padres están esperando a que los hijos les cuestionen, suponen que lo harán cuando estén preparados. 

Mi experiencia es que nunca lo hacen. Los adolescentes me explican que ellos no se olvidaron ni mucho menos, que de niños pasaron mucho tiempo obsesionados con esas dudas en el silencio de su cuarto, sin compartirlas con nadie. Como suelen hacer los más pequeños, se preguntaron durante años si ellos habían sido los causantes de la marcha de los que se fueron. Siempre quisieron saber, pero no se atrevieron a preguntar porque percibieron que era un tabú que sus mayores no estaban preparados para nombrar, temían hacerles sufrir. Es conmovedor escuchar una y otra vez este testimonio, en el que las criaturas se hacen cargo a solas de sus penas por proteger a sus mayores. Y algunos de ellos no pueden perdonar ese silencio cuando descubren la verdad. 

Lo que yo he comprobado es que ellos sí están preparados para escuchar lo que tengamos que decirles. A su nivel, claro. Con palabras sencillas y sin demasiados detalles. Normalizando la situación cuanto podamos, pero sin escamotearles lo esencial. Sin añadir acusaciones hacia culpables, ni nuestros temores ni nuestras obsesiones. Sólo la información imprescindible para entender. Cuando lo hacemos de ese modo sí suelen atreverse a preguntar. Llevan su dolor con otra entereza, desde una sensación de seguridad en su mundo. Y sobre todo, lo pueden compartir. 

Lo que realmente ocurre es que somos nosotros los que no podemos sostener nuestra angustia, menos la suya. Los que creemos que no soportaríamos sus lágrimas porque nosotros nos quebraríamos sin remedio. Los que no estamos preparados para dar respuestas que nos queman en la boca. Los que tenemos pánico de que si empezamos a hablar no podremos contener ya el grito que llevamos dentro. 

Es humano que no sepamos cómo reaccionar y acompañarles en esos momentos que nos parten la vida por la mitad, no somos superhéroes emocionales. Pero quizá podemos buscar a esa otra persona cercana a nuestros hijos que lo haga con nosotros o por nosotros. Cualquier cosa antes que ese silencio. Antes que dejarlos perdidos en ese limbo emocional indefinido. Tienen que entender para poder empezar a llorar de verdad, porque sólo si empiezan podrán terminar y entonces sí seguir caminando. Así podrán aprender que las penas pesan menos si se expresan y se comparten, si podemos ponerle nombre a los desgarros. Éste es uno de los aprendizajes más importantes que podemos regalarles a nuestros hijos, para ayudarles a digerir su vida, que no siempre será fácil. 
Para todas las otras quejas y temores que albergamos y que no les sirven a ellos tenemos que buscar adultos con quienes compartirlas. Los menores son muy sensibles a la hora de percibir las emociones que callamos y si nos ven solos querrán que nos desahoguemos con ellos. Y eso sí que no les ayuda. En la muerte de los seres queridos, de las que tanto nos cuesta hablar en nuestra cultura actual, además de las palabras hay otros gestos que les allanan el camino del duelo. Pero de ese tema charlaremos otro día.


Eugenia Jiménez Gallego,
orientadora y autora 
del blog eSistémica

Columna publicada originalmente en: 
Diario de Cádiz, 11-4-2016

1 comentario:

  1. Gracias por esta publicación. Últimamente he pensado en ésto, y como siempre, son los extremos los que dañan, tanto cuando ocultamos por sobreprotección o por exceso de angustia, como cuando no hay represión y les plantificamos todo añadiendo: pero a ti no te tiene que afectar. En catalán decimos: totes les masses piquen. Muchas gracias.

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